venado tuerto [?]

18.7.09

Publicidad de tarjeta de Banco. Mujer mandona hostiga al marido que, con cara de panfilo resignado, tolera con estoicismo cada gasto estrambótico realizado por su esposa, con motivo de un supuesto casamiento al que deben asistir. En cada secuencia, los vemos comprarse ropa, peinarse, comprar el regalo. En cada secuencia, el marido se queja lastimosamente poniendo cara de carnero degollado al enterarse de los precios y, con el mismo entusiasmo verbal, se alegra cuando el vendedor les dice que si tienen tarjeta del Banco Galicia, tienen "importantes beneficios" [sic]. En la última secuencia, mientras el marido sigue quejándose y ella le dice que "tienen que ir", se suben a un taxi. Cuando le dice la dirección al taxista, no enteramos que el casamiento era en Venado Tuerto [cuak!].
Vamos a pasar en limpio la situación: no bastaba con mostrar un estereotipo de mujer consumista, mandona, tiránica y superficial. No, además, tenía que ser complementamente idiota. Por supuesto, una mujer así sólo podría estar casada con un pánfilo que le siguiera la corriente como si fuera un ente babeante sin la más mínima capacidad de decidir qué ponerse, por ejemplo. Lo más triste del asunto es que esta pareja es el estereotipo de clientes del Banco. El Banco decide hablarle a gente así, a gente que se identifique con ese modelo de familia en el que la mujer es la 'jabru' y el tipo, un vivo bárbaro si logra zafarse de las "reglas" que impone la mujer.
Este paradigma de pareja no es privativo de las publicidades. Las comedias costumbristas [?] de Suar han explotado durante años parejas [protagónicas o no] en las que la mina decidía todo y el tipo era un boludo que se dejaba mandar, hasta que se cansaba y se hacía el "rebelde". Y lo hacía tan estúpidamente que un par de capítulos después, volvía implorando perdón, cuestión que le daba a la mujer una nueva excusa para maltratarlo por boludo.
Me resulta tan indignante la reproducción de estos estereotipos, que me dan ganas de organizar una marcha con antorchas para acabar con cada una de las escuelitas de publicidad. Me indigna y me asusta. Sobre todo, me asusta. Porque a lo mejor, esos modelos de parejas que a mí me parecen ridículos y aberrantes existen en el mundo real. Existen y están ahí, sonriendo desde las publicidades, entorpeciendo la fila del supermercado con sus peleitas sin fin o criando a los futuros hombres y mujeres de esta nación.
Creo que me voy a tomar un bidón de kerosene antes de llegar a los cuarenta. Y listo el pollo [?].

[se agradece que aquí hayan publicado un post de apoyo a la causa de la antorcha y que lo hayan hecho en silencio, sin hacer tanto aspaviento =P]
[acabo de encontrar que aquí, arwen, también ha enarbolado antorchas en pos de la causa que nos ocupa [?]. arwen, no seas tímida y comentá, che =)]

sin asunto [?]

16.7.09

(Sin asunto)‏
De: Espónjido Desorientado (espónjido_sarasacursi@hotmail.com)
Enviado: sábado, 11 de julio de 2009 07:12:03 p.m.
Para: mi nombre y apellido mal escrito (XXXX@hotmail.com)

profesora en el punto dos de la guia de trabajo de XXXX los dialogos cuenta como fraces que hacen referencias a los personajes

Me parece que cuando se estableció la necesidad de un receso sanitario nadie tuvo en cuenta la posibilidad de que los docentes tuvieran brotes psícoticos a mansalva, generados por la recepción de consultas constantes de este tipo. Explicame para qué corrijo cinco o seis veces los textos narrativos que escriben hasta que quedan más o menos legibles para los usuarios del español, si los muy reventados después redactan tan incomprensiblemente que, en lugar de hacer el esfuerzo de intentar dilucidar qué quisieron decir con ese blablableo infame, dan ganas de responderle: "no se entiende qué querés preguntar, bobito. te voy a bloquear para que tus horrendos mails no lleguen a ser captados por mis frágiles ojitos".
Por supuesto, como no está para nada bien visto que uno despliegue sus pensamientos tal cual se generan en algún lugar de su mente-cerebro, uno finge ser didáctico: redacta la supuesta consulta como debería haber sido y la responde. Todos felices y contentos y ninguna madre me envía un mail insultante diciendo que le maltrato al chiquito. No deja por ello de ser insalubre, pero tengo la secreta esperanza de recopilar la información suficiente como para que me declaren insana, me den una licencia por stress y a otra cosa, madame butterfly.
Para calmar mis ansias empalatorias de espónjidos preguntones, voy a recoger el guante que primero me aventó Julia y, luego, las chicas de Juego de damas, a saber: buscar el/los libro/s que uno estuviera leyendo, ir hasta la página 161 y citar la quinta frase. Como de costumbre, nunca estoy leyendo una sola cosa, pero sólo tengo dos de esos libros a mano, de los cuales transcribo:

"Después hubo partido, el Canciller y los otros caballeros se retiraron, y entonces Su Majestad salió hacia el Palacio del Emperador."
De El libro de la almohada de Sei Shonagon

"Los requisitos de aquel anónimo lector subsisten, con ligeras variaciones circunstanciales, y coinciden con los míos, a la vertiginosa distancia de dieciséis siglos".
De Una historia de la lectura de Alberto Manguel.

la paja en el ojo ajeno

15.7.09

Hernández nos da los hechos; Borges, los motivos. Mientras Martín Fierro se defiende con uñas y dientes en tan desventajosa trifulca, el sargento Cruz tiene un destello de lucidez: ese otro que está ahí es él mismo. Como si fuera Alicia, pasando de un lado a otro del espejo, Cruz pega un salto que lo ubica en el "otro bando". El riesgo que se atreve a correr no es menor: como el otro, está dispuesto a morir, pero en su propia ley y sin el disfraz que eligió vestir cuando todavía no tenía clara consciencia de su identidad.
En los últimos días, mucha gente se ha acercado a este espacio a destilar su propio veneno y a hacer gala de una intolerancia con pocos fundamentos. Me han dicho ignorante, insignificante, frustrada, estúpida... y la lista sigue. Me han acusado de ampararme en una suerte de anonimato virtual para escupir mi necia intolerancia sin pensar. Y lo han hecho sin tomarse el más mínimo trabajo de mirar en el archivo, como si un solo post me explicara y fuera suficiente para juzgarme como persona. Los ataques no fueron a lo que yo estaba diciendo: fue personal.
Yo hice lo mismo. Yo también hablé de algo, a partir de las magras evidencias que la realidad me mostraba. Y no lo hice de cualquier modo: lo hice del modo más brutal, más descarnadamente Cecil. Sin embargo, creo percibir dos diferencias de accionar fundamentales: 1) yo no hablo sobre personas: critico acciones visibles, modos de decir -aunque se confunda, aunque no siempre quede claro- y 2) soy capaz de detenerme ante un tirón de orejas, mirar hacia atrás y decir: "oia, quizás esta vez me pasé/ me equivoqué o metí la pata".
Todos hablamos de cosas sin saber. Todos somos susceptibles de errarle al tono, a la elección de las palabras que utilizamos para decir lo que pensamos. Sin embargo, parecería que no todos podemos deternos para pensar y reformularnos. Reformular, rectificar lo dicho no es desdecirse sino, más bien, hacerse cargo de lo que uno dijo en un momento determinado y reconocerse en su faceta más humana.
A veces me pregunto cómo se hace para atacar lo que tanto se condena, haciendo exactamente lo mismo sin percibirlo siquiera. Eso es lo que han hecho algunas personas por aquí en los últimos días: su intolerancia ciega los ha puesto, muy a su pesar estimo, en pie de igualdad conmigo; la incapacidad de reformularse los separa de mí y de todos los que nos sabemos bichitos imperfectos.
Pero la paja en el ojo ajeno brilla con la fuerza de mil luces de neón. Parece.

en las entrañas del mismísimo infierno

14.7.09

Me subo al micro. Llego hasta el lugar en el que debía sentarme y me encuentro con una señora muy apoltronada. La miro. Me mira. Le sonrío y le pregunto: "Usted tiene el asiento del pasillo, ¿no?" Me hace un gesto de afirmación como si me hiciera el favor. Pienso un segundo. Quizás el destino me esté mostrando de algún modo que no debo sentarme ahí. Vuelvo a mirarla y le digo: "Bueno, vamos a viajar en paz. Le doy permiso para sentarse ahí, pero porque yo quiero". Menos mal que no hice valer mis derechos frente a la vieja advenediza, porque más tarde, mis derechos de pasajera fueron tan pisoteados que me hubiera sentido realmente idiota por patalear [con razón] caprichosamente.
En medio de la nada misma, el micro detiene su marcha, cosa esperable dadas las inauditas paradas breves que veníamos haciendo. 'Se rompió la bomba de agua', nos dice el chofer, 'vamos a bajar y los vamos subiendo a los micros que pasen hasta que venga el auxilio, así no llegan tan tarde'. A todos nos pareció una buena idea, dadas las circunstancias. Qué idiotas.
Diez minutos después, para otro micro. Nos subimos. Cuando nos dimos cuenta de dónde estábamos, ya era tarde: estábamos en camino. Perdí de vista a los pasajeros del micro roto. Así que me senté como pude en el ínfimo asiento, tratando de no respirar. La situación era esta: pasamos de un micro que hace un servicio directo entre dos ciudades, coche-cama o ejecutivo a una coctelera sucia, atiborrada de asientos y llena de familias con nenitos, que habían pagado por un martirio de miles de horas hasta Río Pilcomayo.
El concierto de toses con catarro abundante era atroz. Los nenitos que iban y venían tocándolo todo a su paso hubieran justificado a Herodes. Escuché impasible todo el relato de cómo la Claudia había llevado al Masi a no sé qué hospital. Quise inmolarme en mi asiento repetidas veces, pero supuse que la gripe A se iba a encargar de mí en cualquier momento. O quizás el bacilo de Koch anduviera por allí también. Nunca se sabe.
Como el resto de los pasajeros del primer micro también sintió que habíamos sido secuestrados por asesinos disfrazados de choferes, no hizo falta arengarlos demasiado. Enarbolamos antorchas contra la empresa que habíamos contratado, que respondió como quiso. Que me den a esa altura del día un pasaje sin cargo es tan ridículo como indignante. Deberían pagarnos una indemnización por tolerar tanta infamia.
Lo peor del asunto no es eso, de todas formas. Toda esa gente que viajaba en condiciones aberrantes, en las mismas condiciones antihigiénicas, iba a seguir así hasta Río Pilcomayo, como a mil horas de distancia. El hecho de que no tengan dinero para viajar más cómoda y rápidamente, ¿le da derecho a una empresa criminal a hacinarlos como chinchillas y a meterlos en una catramina sin aire y sucia? Parece que sí. No me vengan con que ellos podrían decidir no viajar y punto, porque no siempre se tiene esa posibilidad de elección.
Los dueños de la empresa que hace estas cosas deberían ser encerrados en sus propios micros y alguien debería llevarlos hasta Canadá en esas condiciones. Por mucho menos que eso, los pasajeros del Roca prenden fuego vagones, así que, señores, no se confíen. Vendan pasajes para ganado, pero no para personas, por lo menos, de ese modo, no se los puede acusar de estafa.
Todavía me dura el espanto. Y ya no puedo ni invocar la protección de Buddha. Me han desamparado [?].

Diálogo con Guillermo Lobo

13.7.09

El viernes pasado, auto-aislada voluntariamente porque se venía el pico de la gripe y ya cansada de que me asustaran por televisión al respecto, me puse en cecil-automatic mode y escribí este post. Algunos de ustedes comentaron en consecuencia y más o menos ahí quedó la cosa, hasta el domingo.
Domingo por la mañana -bata, pantuflas y mate en mano- me dispongo a hacer nada y me encuentro con el comienzo de esto. Entre una maraña de insultos hacia mi persona -mejor dicho: hacia la persona [?] de Cecil-, encuentro el comentario de un tal Guillermo, que, en son de paz y llamando al diálogo constructivo, afirmaba ser el aludido en el post. Por supuesto, sólo pensé que alguien había aprovechado la ocasión para hacerse el gracioso, puesto que cómo podría importarle a Guillermo Lobo lo que alguien pensara y expresara en un espacio tan pequeño como este blog. Como los comentarios insultantes de otros seguían apareciendo, se le pidió al supuesto Guillermo que se comunicara por otro medio. El mail no tardó en llegar.
Por las características del mail, las sospechas lógicas acerca de la identidad de quien firmaba como Guillermo iban disminuyendo: si no era él realmente, era alguien que tenía demasiada información sobre él y acceso a ella. De todas formas, y con el escepticismo a flor de piel, escribí un mail en el que le explicaba mi posición, cosa que quise hacer en los comentarios si hubiéramos podido discutir en otro tono.
Esta mañana, volvimos al intercambio epistolar, porque yo debía mi segunda respuesta. La atención específica que Guillermo le estaba poniendo al asunto me parecía cada vez más extraña y sugerí una manera fácil y sencilla de realizar la comprobación de identidad. Está claro que Guillermo no tenía por qué haberlo hecho, ya que, en última instancia, él no conoce mi identidad ni me ha visto la cara. Pero lo hizo de todas formas y ya no pude seguir dudando.
Todos los días, veo y vivo cosas que me indignan, que me duelen, que me llenan de ira y de tristeza, porque no puedo hacer nada frente a ellas o porque sólo puedo decirlas, que no es mucho tampoco. Hoy una persona se tomó el trabajo de mostrarme que no siempre es así, que a veces, al otro sí le importa. Podemos conjeturar miles de motivos por los que Guillermo hace una cosa así, pero, la verdad, no importan. Lo que importa es que un tipo que trabaja para una máquina colosal de producir y dar información [al margen de los posibles cuestionamientos] se toma el trabajo de preguntarle a una profesora de literatura por qué dice lo que dice y trata de ofrecerle sus propios argumentos, para, de algún modo, explicarse.
En unos de los mails que le envié hoy, le decía que 'algunas cosas pueden decirse de otra manera'. Luego, pensaba que ese enunciado que se aplica a él, se aplica también a mí: Cecil también podría decir las cosas de otra manera, aunque quizás dejara de ser Cecil y se transformara cada vez más en L.-que viene a ser algo así como el cuerpo humano que aloja en algún lugar a la que escribe este blog-. De hecho, el post n° 600 de este blog ya no lo está escribiendo Cecil.
Esto no se termina acá, de ninguna manera. Guillermo Lobo ha abierto las puertas del diálogo y ha ofrecido la posibilidad de dejarme ver con mis propios ojos cómo trabaja. Eso no quiere decir que yo ya no piense lo que dije: sigo pensándolo y se lo dije muchas veces. Lo que tengo ahora es la posibilidad de rectificar o reformular lo dicho, a partir de las evidencias que lo real se va a encargar de mostrarme.
Entonces, el contenido de la 'carta abierta' sigue ahí, ya reformulado de algún modo por las mismas acciones de Guillermo. En algunos días, cuando juegue a ser 'investigadora por un día' y me acerque a la fuente de los hechos [?], reescribiré esa carta. Ojalá pueda descubrir que estaba equivocada.
¿No sería maravilloso que, aunque más no fuera por una vez, pudiéramos descubrir que no todo es como lo sospechamos?
[continuará]

con un escarbadientes como garrote

12.7.09

De un modo o de otro, nuestras experiencias escolares nos enseñaron que no importaba lo que pensábamos, si queríamos aprobar, teníamos que decir más o menos lo que había dicho el profesor y listo. Por suerte, hay, dando vueltas por las escuelas, una nueva generación de docentes [que vienen a engrosar las filas de los pocos que hacían esto en nuestra época de estudiantes] que intenta desarmar ese mecanismo de repetir sin pensar y que fomentan, como pueden, que sus alumnos tengan opiniones y argumentos diferentes de los que ellos sostienen respecto de un tema determinado.

Durante muchas horas a la semana, me encuentro fomentando discusiones sobre diversas cuestiones que leemos en los diferentes textos. En esos debates, me encuentro sosteniendo posiciones que en realidad no comparto, por ejemplo, simplemente para generar una reacción en el otro. Al mismo tiempo, escucho opiniones argumentadas de esos otros, con las que tampoco estoy de acuerdo o que interpreto de otra manera. Es un arduo ejercicio personal el que uno hace, para evitar caer en la descalificación de afirmaciones traídas de los pelos y mostrarle al otro que puede afirmar prácticamente cualquier cosa, siempre y cuando sus razones se sostengan y, fundamentalmente, que no tenemos que estar de acuerdo porque cada uno interpreta el mundo como puede, desde sí mismo.

Por eso, será que no concibo que cualquiera no pueda emitir su opinión de acuerdo con su propio estilo, en el espacio adecuado. Siempre, en definitiva, tenemos la posibilidad de no leer, de no escuchar o de expresar nuestro desacuerdo sobre cierta posición tomada por otro. Sí importa lo que pensamos, estemos equivocados o no. Y también importa que podamos decirlo a nuestro modo. Pero mucho más importa que tengamos bien claro que no discutimos ni juzgamos personas sino una o más acciones visibles, alguna idea, un discurso. Paso tantas horas de mi vida haciendo eso, que termino creyendo que las cosas funcionan de ese modo fuera del aula; termino haciéndome la ilusión de que todos interpretamos las cosas desde el marco en el que han sido generadas.

Ahora entiendo un poco más por qué mis alumnos, a pesar de no haber padecido a los profesores que yo padecí, tienden a pensar que "en la prueba hay que poner lo que dice el profesor siempre". Con esa estrategia simple, eligen qué batallas luchar y cuáles no, y resulta infinitamente más cómodo y sensato que transformarse en un mosquito que, con un escarbadientes como garrote, pretende enfrentarse a una manada de elefantes. 

carta abierta [?]

10.7.09

Update imprescindible: Esta 'carta abierta' generó un efecto inesperado. En lugar de que pasara como un post más [como tantos otros], dio pie a un diálogo muy interesante con Guillermo, del que iré dando cuenta en los siguientes posts de este blog. Estoy haciendo mis observaciones y él me explica por qué hace lo que hace. ¿Quién hace algo así? ¿Alguno de nosostros pensó que un periodista se iba a ocupar así de una pánfila que dice lo que piensa? Probablemente no. De hecho, la respuesta es no. Nadie podía haber pensado esto. Pero está sucediendo. Entonces, me parece importante ir haciendo el 'minuto a minuto' de este hecho. Quizás no nos pongamos de acuerdo finalmente, pero no puedo dejar de pensar que es muy valioso que alguien que dice, de algún modo, que trabaja para la gente, esté haciéndolo de verdad.

Cecil no tiene problema en tragarse sus palabras de a una, si la realidad le indica lo contrario. El problema, hasta ahora, es que la realidad nunca le indicaba lo contrario. Así que, flexibles y calmos, transitaremos esta experiencia y veremos qué ocurre.

Guillermo: Estamos hartos de escucharte decir las sandeces pseudocientíficas que, bajo el pretexto de mantenernos informados, emitís con total desparpajo y desconocimiento de los rudimentos más básicos de la lengua española. Leer información sobre la gripe y hacerle preguntas a diversos médicos y/o pretendidos especialistas no te convierten en vocero autorizado del mundo científico. Si hubieras querido serlo, en lugar de ir a una escuelita de periodismo, tendrías que haber sudado sangre durante años en los pasillos de la facultad de medicina. No sé si se entiende la diferencia: para decir las cosas que dicen aquellos a quienes ni siquiera dejás hablar con tranquilidad, han estudiado mucho, han investigado y han caminado más hospitales de los que vos podrías nombrar sin la ayuda de google. Entonces, los televidentes te pedimos que, por el amor de buddha, aprendas a ubicarte y que trates de asumir el rol que elegiste cumplir: el de periodista, porque de esta manera, no cumplís ni uno ni otro o, mejor dicho, cumplís ambos penosamente.

Se supone que un periodista debería conocer el significado de un verbo como 'prosperar', por ejemplo. De hecho, cualquier analfabetoide con acceso a internet o a un diccionario podría saberlo. Sin embargo, cuando repetís hasta el hartazgo que 'la enfermedad está prosperando bien' [sic], no estás diciendo que está siguiendo un curso más o menos esperable en su propia evolución sino que la enfermedad está cobrando fuerza, se está imponiendo o está triunfando. ¿Te das cuenta? Eso sin tener en cuenta que la idea de bien está implícita en el campo semántico de 'prosperar'.

Yo entiendo que quizás pienses que si un tipo como Bonelli, que es dislálico y que no puede articular en forma coherente un enunciado básico, llegó a donde llegó [?], vos podés hacer el mismo camino sin molestarte en pensar lo que decís, pero la verdad es que no. Los televidentes no somos todos brutos unineuronales que no nos damos cuenta de las barbaridades que nos dicen. Algunos sólo los vemos para mofarnos de su ignorancia y para tener material para postear cuando la vida nos sonríe. Pero muchísima gente que también los mira y los escucha no tiene la capacidad o los conocimientos para discenir si le están dando información de calidad o si le están vendiendo un burro de cartón disfrazado con camisa y corbata. Por eso, lo que hacés dista mucho de ser gracioso o pintoresco: es inmoral. Es inmoral generar pánico con información de cuarta, mal expresada, enarbolando la bandera de la ética periodística. Terminemos con esta fantochada, por el bien de nuestra psiquis maltratada. Desde ya, muchas gracias.

Update: se cancela la apreciación personal sobre los informes de Julio Bazán, porque es un señor muy premiado y me da miedo que tenga admiradores tan macanudos como los de Guillermo. Y que viva la libertad de expresión [?].

que satán salve a la emperatriz

8.7.09

Creo que finalmente lo entendí. Por un pequeñísimo error interpretativo, cuando el pueblo [léase: la “clase media” a la que le habían metido la mano en los bolsillos] golpeaba cacerolas en las calles y vociferaba el lema ‘que se vayan todos’, los políticos argentinos entendieron: ‘que se vayan pocos’. Es lógico que no escucharan del todo bien entre tanto cacerolazo. Entonces, creyeron que todo se calmaría si se iban algunos y los otros se reacomodaban hasta el infinito. Con una tenacidad envidiable, siguieron ocupando más o menos los mismos lugares y los mismos que les habían gritado en la cara siguieron votándolos. Como el pueblo [léase: la “clase media” que se calmó como si los nuevos gobiernos encarnaran a la mismísima madre Teresa de Calcuta] no les dijo lo contrario, ellos creyeron que todo estaba bien y que los loquitos que se quejaban eran una minoría inflada por los medios mentirosos.

Por eso, cuando en las pasadas elecciones un amplio porcentaje de ciudadanos castigó [sic] con su voto a la Emperatriz Kristina I y a sus candidatos fantasmales, ella malinterpretó el gesto. Como la gente igual votó más de lo mismo, pensó que si movía a sus títeres mafiosos de lugar, nadie iba a notarlo y todos iban a pensar: ‘oh, por fin acusó recibo y está cambiando’. La Emperatriz nos subestima porque no sabemos elegir y seguramente piensa que la gripe es el castigo que los dioses le envían al pueblo argentino por haberle dado la espalda. Como si esto fuera poco, Duhalde sale de su escondrijo para hacer leña del árbol caído y ver qué tajada puede acaparar esta vez.

Y todo vuelve a empezar. Moebius mode ON.

Ya llegará el día en el que los muertos vivos que ahora resurgen de sus cuevas estén realmente muertos y el perverso hijo del matrimonio presidencial [que agita desde las sombras] tome por fin posesión de la tierra que sus padres no terminarán de corromper del todo por necios, ciegos y sordos.

[gracias julia por el antorcha.boy que nos mira desde la esquina inferior derecha de este blog y nos promete justicia]

tretas del holgazán

7.7.09

La psicosis por la gripe A se ha transformado en una excusa aberrante para que cientos [?] de holgazanes, amparados en supuestos sindicatos, se retoben porque se les pide que hagan una cosa tan sencilla como ir a su trabajo. El hecho de que no haya clases no implica que los docentes no vayamos a trabajar. De hecho, el ciclo lectivo termina, teóricamente, a principios de diciembre y nosotros cumplimos nuestro horario de trabajo hasta la última semana de dicho mes.

La suspensión de clases de estas dos semanas era muy clara: nosotros seguimos trabajando pero evitamos que los alumnos asistan a clase. Que ahora una manga de oportunistas pretenda hacer de esta suspensión una extensión del receso escolar es algo que me subleva, porque son estas cosas las que abonan las teorías delirantes que los oficinistas y los almaceneros tienen acerca de nuestros supuestos beneficios y de nuestras supuestamente extensísimas vacaciones.

Entonces, mientras yo trataba de explicarle a los pequeños aprendices [?] por qué iba a darles actividades para que siguieran trabajando estas dos semanas antes del receso propiamente dicho, una caterva de vagos y de ladrones planificaba a escondidas la manera de destruir la coherencia que uno trató de mantener la última semana de clases, para justificar ese porcentaje que les quitan a muchos de sus sueldos.

Se supone que una pandemia debería ser tratada con seriedad. Que el gobierno nos haya mentido todo este tiempo para apurar las elecciones o que los medios lucren con la generación del pánico colectivo no debería implicar que nosotros debemos actuar con la misma falta de ética. Sin embargo, en cuanto vemos la más mínima posibilidad de sacar provecho miserablemente de una situación como esta, lo hacemos. Mejo dicho: lo hacen y algunos pocos idiotas que pretendemos ser coherentes quedamos metidos en la misma bolsa de gatos malolientes.

Señores del sindicato, sepan que jamás voy a solventar sus vicios mediocres con mi magro sueldo. Antes, prefiero arrancarme las uñas de a una con un martillo neumático.

en el país de los ciegos

5.7.09

Últimamente, me genera una bronca inaudita asistir al espectáculo de veneración de ciertos sujetos que, si bien uno podría decir que son bastante hábiles en lo suyo, no son de ningún modo talentos fuera de serie, ni genios revelados, ni nada que se acerque siquiera a un nivel de excelencia mínimo que justifique esa veneración.

Sabemos que la calidad de un producto determinado rara vez tiene que ver con la popularidad. Sin embargo, me resulta altamente perturbador percibir con qué sandeces y espejitos de colores mal pintados la gente se deja encantar. Estoy cansada de que me recomienden cosas que no resisten ni un pequeño acto escarbatorio. El mero intento de raspar un poco la superficie con la uña del dedo meñique desmorona la fachada y deja ver que detrás de tanta parafernalia no hay nada que no sea un rejunte de lugares comunes o el alarde desfachatado de una necedad escalofriante.

Pero es lo que la gente [así de amorfa e impersonal] quiere, parece. Veneremos a los tuertos, que esto recién empieza.